Hay muchos caminos en la vida, y cada uno recorre uno distinto al del vecino.
Hay quienes viajan en un avión encima de las nubes.

Otros vuelan en una avioneta por debajo de ellas.

Otros andan en un Ferrari por una autopista de alta velocidad.

Hay quienes andan en un auto ordinario por un camino común.

Y quienes cabalgan en un caballo por calles adoquinadas.

Otros caminan por la arena del mar.

Incluso hay quienes transitan a pie pelado por un camino de tierra a veces mojado por la lluvia, a veces abrasado por el sol del verano.

Pero hay quienes están condenados a caminar sobre brasas ardientes, y para mayor tribulación, caminan con una olla con agua hirviendo en sus manos.

Esta es la historia de algunos de ellos: Al Ferrari se le poncha una llanta, y su dueño patea el vehículo furioso.
Nadie lo ayuda y se siente devastado.
Se siente el ser más desdichado del mundo mientras ve al carro vulgar pasearse frente a sus ojos y el caminante a “pata pelá” lo queda mirando con asombro y pena. Luego llega el jinete a caballo, los caminantes a pie, y todos observan el patético espectáculo del conductor del Ferrari.
Entonces, aparece el caminante por la vía de las brasas ardientes, cargando su olla humeante con sus manos, y todos se sorprenden. En él se ve expresado el sufrimiento más horrible y tortuoso, el infierno en la tierra, el verdadero mar de lágrimas.
Y los que lo miran se conmueven y se conduelen con ese caminante. Y el conductor del Ferrari piensa en la actitud tomada por la llanta ponchada, y siente vergüenza de sí mismo, de haber hecho una tormenta en un vaso de agua, mientras ve a la verdadera tormenta pasar por sus ojos sin que le cayera una gota. Que quiso crear un pequeño infierno en un rincón de la autopista y se le apareció el verdadero tormento sufrido por otro. 
Al final, el conductor del vehículo ordinario le ofrece al del auto de lujo su llanta de repuesto, los caminantes ayudan a cambiar los neumáticos y el señor de a caballo se lleva la llanta ponchada. Mientras, el caminante en las brasas continúa su camino infernal. Arriba, el que va en la avioneta mira la situación. ¿Y el que va en avión? Bueno, ya saben, está arriba de las nubes…
Así ocurre en el mundo: hay quienes han tenido una vida fantástica, sin tener idea de las penurias de otros. Ésos son los que van en el avión.
Otros han tenido esa vida maravillosa, pero saben que hay otros que no la tienen tan fácil, pero no quieren, o no pueden, o no saben cómo ayudar. Ése es el caso del que va en la avioneta.
Hay quienes han vivido tan bien que no aguantan el menor contratiempo y lo trasforman en un verdadero padecimiento. Ése es el conductor del Ferrari.
Otros han tenido una vida que, aunque ha tenido dificultades y problemas, ha sido provechosa para el que la vive. Ellos son los que van en el auto ordinario o caballo.
Hay quienes han vivido una vida sufrida, de mucho sacrificio, pero que aguantan porque su vida tiene un sentido y mantienen viva la llama de la esperanza. Así son los caminantes que aguantan el ardor de la arena y el barro y la lluvia.
Pero hay quienes son como el que va caminando entre las brasas llevando a su vez una olla en sus manos con agua hirviendo. Son los que la vida los ha castigado tanto que pareciera que no hubiera esperanza para ellos. La vida ha sido el verdadero infierno en la tierra, cada día de sus existencias es una puñalada certera al corazón. Cada golpe, cada infortunio, los hunde aún más y pareciera que la muerte es la única salida a sus problemas.
Creo que, tal como en la historia que les conté, hay un trasfondo social respecto de la buena y la mala suerte. Hay que observar, que no todos tienen la misma fortuna en el tránsito por la vida. Por eso puse los ejemplos del avión, la avioneta, los autos, etc. Cada vivencia, cada modo de vivir, no sólo afecta al propio protagonista, sino que también es observado por los otros, y a veces es materia de imitación o de reprobación por el entorno.
¿Dónde está la “función social” de este caminante sobre las brasas? Bueno, la respuesta la da el ejemplo que puse sobre la ponchadura en el Ferrari. Muchos tendemos a magnificar los problemas que vivimos, haciendo una tormenta en un vaso de agua. Por cualquier cosa el mundo se nos viene encima y creemos caer en el infierno. Pero tiene que aparecer el ejemplo del caminante infernal para que nos demos cuenta de nuestra ridícula posición y de paso valorar la fortuna que hemos tenido en la vida.
Así, la moraleja de la historia, más que censurar las pendejadas de quienes se quejan de llenos
, es la siguiente:
“La gente que tiene mala suerte sirve para que la gente que tiene buena suerte se dé cuenta y valore su fortuna”.
Dicho de una forma que me encanta: "Las personas que no valoran la vida, NO LA MERECEN"
En este caso nadie merecería más viajar en avión con todas las comodidades que el caminante infernal, ya que él ha aguantado la dureza de la vida en toda su extensión, mientras que el conductor del Ferrari no aprecia lo que tiene.
Esto es la vida: la justicia no es más que una quimera, un anhelo que se aleja mientras más lo perseguimos. Y lo peor es que cuando estamos bien no nos damos cuenta. Tenemos que estar mal para convencernos de ello. Como me sucedió a mi cuando estuve desempleado
Esto me hace pensar en otra situación: la paradoja del suicidio. Es una paradoja, porque pareciera que los motivos de los suicidas no son muy plausibles respecto de otras personas que, teniendo verdaderas razones para no querer seguir viviendo, siguen adelante con su vida.Tags: Vida, dura, lecciones, hablemos de